lunes, 11 diciembre, 2017 12:27 am
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poder y silencio en el debate científico

Hoy os voy a hablar de un estudio científico que se publicó hace unos días. No sólo es un estudio llamativo, sino que está publicado en una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo y ha sido realizado por uno de los grupos de investigación español más importantes del área. Es, a todas luces, una perita en dulce.

No os quiero engañar: soy periodista científico y, como os podéis imaginar, este tipo de estudios científicos me hacen profundamente feliz. Son temas curiosos, fiables y desarrollados “en casa”. ¿Qué más se puede pedir? Así que, ni corto ni perezoso me descargo el artículo para leerlo con calma y comienzo a escribir a algunos expertos en el área para comentar impresiones.

“Hola, Soy Dronte, ¿Qué te parece este paper?”

James Sutton 192413

“Me parece una mierda”. Esa fue la primera respuesta del primer experto con el que hablé. Off-the-record, claro. Lo que siguió fueron tres horas al teléfono, llamando uno tras otro a todos los expertos del área que tengo en agenda. Todos coincidían en las mismas tres ideas: a) el artículo es malo, b) la comunicación que se está haciendo es peor y c) prefieren no comentar nada a nivel público.

No fueron ni uno, ni dos, sino siete investigadores de distintas universidades españolas. Todos con un buen currículum académico, interesados en divulgación y que han colaborado en otras ocasiones con nosotros. La respuesta de los siete ha sido casi la misma. Alguno, con buena intención, me sugirió que buscara a “algún catedrático que tenga ya poco que perder”.

Fue en ese momento cuando perdí el interés en el estudio (del que ya hablaré) y empecé a interesarme por todo lo demás. ¿Qué estaba pasando aquí? ¿Qué dinámicas hacían que un buen número de investigadores me explicaran que “no querían hacer ese tipo de enemigos sin necesidad”?

Las malas prácticas en ciencia van más allá de lo que podría parecer

Nathan Anderson 143022

Tampoco tendría sentido que me hiciera el sorprendido. Basta tener algo de contacto con científicos en activo para percatarse de cómo las dinámicas de poder, influencia y ‘conflictos de interés’ están a la orden del día. Tanto es así que yo suelo comentar (medio en broma, medio en serio) que no necesitamos una ‘filosofía de la ciencia’, sino una ‘ciencia política de la ciencia’.

Todo esto entra dentro de lo que podríamos denominar fraude y mala praxis científica; es decir, la distorsión intencionada del proceso investigador. Aunque lo más grave engloba a la fabricación, la falsificación y el plagio, hay muchas otras cosas como el uso de escritores (y analistas de datos) fantasma, la manipulación de los índices de impacto, la violación de los principios éticos y la no publicación (u ocultamiento) de resultados relevantes.

El trapicheo también, claro. Y no es algo que los propios científicos no sepan. En 2009, Danielle Fanelli elaboró un metaanálisis sobre el fraude científico. Encontró cosas curiosas: Si se les preguntaba a los científicos por su propia conducta, un 1,97% de ellos reconocieron haber fabricado o falsificado datos al menos una vez y un 33,7% reconocieron haber realizado algún otro tipo de práctica cuestionable. Pero si se les preguntaba por la conducta de sus colegas, las cifras ascendían a un 14,12% y 72% respectivamente.

¡Un 72%! Es cierto que en la última década este tipo de prácticas han sido expuestas es numerosas ocasiones. Ya sea a través de plataformas como “Retraction Watch” o de movimientos como los diferentes “Reproducibility projects” que están surgiendo en numerosas áreas que van desde la biología del cáncer a la psicología de la mano de la Open Science Framework.

Reformar la ciencia no es solo metodología, es también reformar la institución

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En cambio, parece el énfasis metodológico no se pone también en la búsqueda de una reforma institucional. Y no es que el sistema de incentivos no sea criticado, es que pese a esas críticas tienen poco recorrido más allá del ámbito puramente intelectual.

Como defiende Jesús Zamora Bonilla las decisiones de los científicos sobre qué investigar, qué métodos usar, cuándo aceptar una teoría y cuándo rechazarla o cómo interpretar un experimento no ocurren en el vacío, no son neutrales y, por supuesto, no son inocentes.

Cuando tus posibilidades de promoción, tus posibilidades de publicación o tus posibilidades de financiación dependen en buena parte de redes dentro de área en el que trabajas, molestar a los que tienen poder es un problema. Cuando Max Planck decía que “la ciencia avanza funeral a funeral”, hablaba en parte de esto.

Porque no, este no es un problema (únicamente) español, ni es un problema actual. Pero como reflexionaba Sydney Brenner, Nobel de medicina en 2002, dejar la ciencia a los científicos había provocado una deriva del sistema académico que estaba destruyendo las bases sociales de la investigación.

El éxito de la ciencia, como institución, depende de nuestra capacidad para alinear objetivos personales y colectivos. Pero, sobre todo, depende de nuestra habilidad para lograr que la única forma de conseguir reconocimiento, poder y dinero en el mundo científico sea buscando la verdad (y no controlando un comité editorial).

Y, por eso, necesitamos una mayor implicación de la sociedad en el debate científico (porque las sociedades democráticas tienen en sus manos decisiones muy importantes sobre cómo se organiza y desarrolla la ciencia); pero, sobre todo, necesitamos que los movimientos de renovación de la ciencia se reivindiquen también que la forma en que organizamos la ciencia es una de las herramientas clave para obtener mejores resultados.

Imágenes | JD Hancock


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