jueves, 18 enero, 2018 10:26 pm
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Los dinosaurios ya tenían garrapatas | Ciencia


La pluma atrapada en el ámbar y, arriba, detalle de la garrapata.

Encontrar algo tan frágil como una pluma de un dinosaurio que vivió hace casi 100 millones de años no debe ser fácil. Tampoco debe ser habitual hallar una pequeña garrapata conservada durante ese inmenso espacio de tiempo. Pero encontrarla agarrada a una de estas plumas atrapada en ámbar de hace 99 millones sería un milagro si no fuera porque esa palabra no tiene sentido en la ciencia. Es lo que ha hecho un grupo de investigadores, entre ellos varios españoles, que ha localizado, identificado y caracterizado varias de las garrapatas más antiguas encontradas hasta ahora.

“Los dinosaurios, con huesos grandes y duros, es fácil que fosilicen”, dice el paleontólogo del Instituto Geológico y Minero de España (IGME), Enrique Peñalver. En los últimos años, además, se han ido encontrando fósiles confirmando que un amplio grupo de dinosaurios tenía plumas y hasta coloridas alas. “Las garrapatas, en cambio, no son muy duras. Todas las que se han encontrado están en ámbar. Así que donde no hubo ámbar no hay registro fósil de garrapatas”, añade Peñalver, principal autor de la investigación que, por primera vez, las ha encontrado junto a restos de su víctima.

Pluma y garrapata se encuentran atrapadas en una pequeña pieza de ámbar encontrada en el norte de Myanmar y cedida por un coleccionista privado al Museo Americano de Historia Natural (EE UU). Fue allí donde uno de los conservadores del museo y también coautor de la investigación, Paul Nascimbene, localizó lo que creyó podía ser una garrapata. Nascimbene contactó con el equipo de Peñalver y el profesor de la Universitat de Barcelona Xavier Delclòs, que se encuentran entre los principales expertos en fósiles capturados en ámbar.

A excepción de otro ejemplar hallado en ámbar español, son las garrapatas más antiguas hasta ahora

La investigación, publicada en Nature Communications, ha datado el ámbar birmano en pleno Cretácico, en torno a hace 99 millones de años. Este periodo, posterior al Jurásico, acabó hace unos 65 millones de años, con el evento de una extinción masiva provocada, probablemente, por el impacto de un meteorito o asteroide contra el planeta. Tal datación supone la evidencia directa más antigua del parasitismo de los dinosaurios por parte de las garrapatas. El ejemplar, identificado como una garrapata dura, pertenece a la especie Cornupalpatum burmanicum. Si se exceptúa a un ejemplar aún no caracterizado atrapado en un ámbar español, se trata de la garrapata más antigua encontrada.

Sin embargo, comenta Peñalver, “si consiguieras extraerla del ámbar y devolverla a la vida y se la dieras a un especialista en garrapatas, en absoluto sospecharía que este animal vivía hace casi 100 millones de años”. Aunque esta especie en sí se extinguió hace mucho tiempo, su linaje sigue existiendo hoy en uno de los tres grupos de este ectoparásito que existen en la actualidad.

Los investigadores identificaron y caracterizaron otras cuatro garrapatas de una especie desconocida hasta ahora, a la que han bautizado como Deinocroton draculi. Las cuatro se encuentran en ámbar también de origen birmano, incluso dos de ellas, un macho y una hembra, están fosilizadas en la misma pieza. En estos casos, aquel linaje no ha llegado hasta nuestros días. Aunque no tienen una evidencia tan directa como la de la garrapata agarrada a la pluma, los autores del estudio han encontrado pistas que indicarían que también parasitaban a los dinosaurios emplumados.

Una de esas pistas son las marcas en su abdomen de larvas de un escarabajo que aún hoy se encuentran en los nidos de las actuales aves. Pero la posibilidad de que sus víctimas fueran ya aves como las actuales está descartada: no aparecieron hasta 25 millones de años después de la fecha del ámbar. “Sabemos que era un dinosaurio emplumado, pero desconocemos si volaba o no”, afirma el investigador del Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford (Reino Unido) y coautor del, el español Ricardo Pérez de la Fuente.

Modelo 3D de macho de Deinocroton draculi basado en el escaneo del ámbar. Oscar Sanisidro (Universidad de Kansas).

El ámbar, que procede de una resina vegetal producida por coníferas y unas pocas plantas más, es la máquina del tiempo que más gusta a los paleontólogos. Como explica Pérez de la Fuente, “no solo captura organismos casi de forma instantánea, conserva para siempre las interacciones entre ellos”. Es el caso de la pluma y la garrapata de este estudio o los insectos atrapados en ámbar español con el polen recién recolectado aún en sus patas.

También es el caso de una de las garrapatas nuevas identificadas ahora. Murió bien cebada. Por el volumen de su abdomen, 8,5 veces más que el de las otras, debió de caer en la resina justo al descolgarse rebosante de la sangre de su víctima. Por desgracia, la ciencia no ha avanzado lo suficiente para, como se fantaseaba en Parque Jurásico, poder abrir ese ámbar y extraer el ADN del dinosaurio al que había picado la garrapata.


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